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 No pude ver a mi madre muerta. Cuando uno no ve el cuerpo de un ser querido siempre queda la duda sobre la realidad de su muerte.

Ella tuvo una vida fantasiosa. Se había creado un personaje para cada familiar, amigo o conocido. Ella no era una, era muchas, todas diferentes pero una al fin.

Dueña de una vida excéntrica, llena de misterios, espejismos y utopías, el no ver su cuerpo muerto me deja abierta la puerta a las fantasías más extravagantes. Me persigue la idea de que su desaparición pueda ser un acto más de su intrincada novela personal. A veces creo verla caminando por la calle, reconocerla en alguna cabellera teñida a lo Susana Giménez. En alguna mujer que camina delante de mí, en el olor tan característico de su perfume de Van Cleef. ¿Será ella o no? Todo es posible. La fantasía me persigue. No tengo seguridades.

Fue así que llegaron Ellas. Mis madres. Mi madre. Todas distintas y una al fin. Un juego de lo que podría ser, de lo que sería, de lo que es ser varias y una.

 Llegué a las ventas y remates de fin de semana por casualidad. En ellas encontré historias, muchas historias de familias. Historias de mujeres, de madres. No las conocí. Sólo conocí sus lugares, a sus hijos, a sus sobrinos, a sus nietos. Muchas historias de amor, algunas de desamor. Historias de vida de mujeres, en su gran mayoría solas. Recuerdos de sus hijos. Desapego de sus pertenencias. A veces desinterés total y otras donde el apego busca prolongar la presencia del ser querido. Familias unidas o con historias de venganza y celos entre hermanos. Pero todas historias de ausencias, duelo y memoria. Con el correr de los meses fui entendiendo que lo que allí ocurría era más que un acto puramente comercial. Las familias hacían un duelo. El duelo de su ser querido, y a menudo del espacio en el que el difunto y ellos habían vivido. Ese duelo que las extrañas circunstancias de la muerte de mi madre no me permitieron hacer.

 Por dos años me acoplé al duelo de los otros para hacer el mío. Al principio tomando fotografías de sus lugares, de los espacios casi monacales donde habían vivido los hoy ausentes. Luego mediante performances en las ventas empecé a reinterpretar a la persona que allí vivió vistiéndome con sus ropas, interactuando con sus espacios. La cámara fija. La vida en movimiento.

La madre ya no está. Queda la casa matríz, la maison mère y su descendencia que se encarga de vaciarla, de recuperar objetos, de conservar la memoria, de transmitir legados familiares.

Maison Mère es eso: la vida luego de la muerte, lo que sigue, lo que queda cuando ya no estamos, cuando nos fuimos. La madre. Las madres. Ellas. Ella. Una sola. La que nos dio las vida. La que permite que la vida siga, que se reproduzca la especie. La portadora del ADN.